Retrato y jota,
artículo del miembro de la RED VASCA ROJA, Xabier de Antoñana publicado en Deia del 10 de agosto de 2001. En el que corrige la errata-omisión de su semblanza por Elías Amezaga.
Retrato y jota
¡QUÉ FUERZAS ocultas guían nuestros andares!. Páginas y páginas con idéntica pregunta, desde Aquiles, el de los pies ligeros, Ulises errante, Antígona, Jasón y los 40 argonautas, la bellísima Helena, hasta hoy, ¡quién se libra del vaticinio, quién tuerce el alambre de acero del destino de un pueblo!. Capaz de provocar estragos, torciendo y retorciendo nuestro caminar, ¡qué no hacer con un pueblo a quien tanto le cuesta crear su propio estado!. Todo deriva contra la paz negociada.
Y no. La culpa es nuestra, quienes debemos ya tener derecho a un hueco en Europa. ¡Para cuándo nuestra propia Carta Magna!. Tardará en llegar, que somos implacables con los de dentro y serviles con los de fuera, los foráneos, el extranjero, terroristas de ballesta y arcabuz. Si andamos con genuflexiones, sin creer ni en nuestra inmensa y aletargada capacidad de creación, ¡cómo vamos a llegar a ni siquiera acariciar los bordes del mapa!.
Cuando menos lo esperas, otra lonca se interpone en el camino y nos prohíbe echar un trago en la fuente, ¡que ya se agostaron las fuentes de los ríos!. Teodosio de Goñi anda a punto de triunfar, llegar al caserío y abrazar a la esposa, sube a zancadas los peldaños y la encuentra acostada con otro hombre, los celos le comen el ser y se avalanza, ciego, salvaje, a puñaladas con los adúlteros en el tálamo conyugal. Horroroso, ayes de basilisco al palpar que los cuerpos inertes son sus padres, «Amaya», novela coja, «Edipo rey» y tantas tragedias, el destino, sediento de sangre, sigue jugándonos malas pasadas y, a punto de alcanzar la ansiada cinta roja, alguien prende los hilos del viento, funesta fogata, siniestra sospecha de Teodosio, y cubre la tierra de sombras, tapona acequias de ilusiones, ansias de libertad y soberanía, independencia y paz. ¡Cuándo cantar la guerra se acabó!, que nunca habrá armisticio, el águila imperial nos roe el mondongo, Prometeo, Teodosio, encadenados hasta el ocaso de los tiempos, maldecidos que estamos. «¡Esta casa está maldita!», grita Casandra en «Agamenón», de Esquilo. Implacables con los de dentro y serviles con los de fuera. ¡Y así, no!. Hay que ir a buscar la manta al sitio donde la perdimos y no andarnos por los caños de la sumisión.
Será que somos malos, sí, malos para caminar con nuestras leyes, ¡quién rasgó la Constitución no escrita por la que se regía la sociedad de antaño bajo el Árbol de Gernika!. Lo dice la jota que ingenió el «Rirri» hace cien años largos y me canta otro jotero, Félix Cariñanos Etxeberria, «San Martín» de mote, estilista de alto linaje y garganta pura, a dúo con el gran «Bulerías», también de esta ciudad que nos dio a todos la luz: «Soy malo y no me arrepiento, / y no me tengo enmendar. / Estos ratos de amargura / alguien los ha de pagar».
Me cuecen en otra tahona el retrato y biografía de mis complicadas andanzas por las cunetas de Europa durante seis lustros de labranza, triunfos y berrinches, y el maquetador va y se equivoca y me planta una foto que no soy yo. ¡Qué duende cambió mi retrato!. Y el tipógrafo me come detalles de bulto, me recorta el fantoche pergamino del tajo y que en su día, 1978, fundé la ikastola Erentzun, ¡dónde más les duele!, en esta muga rosiente y roja, roída y rota. Pienso en el disgusto del amigo en su torre, Elías Amezaga, tenaz jornalero de culturas, por el «gazapo» de nadie sabe quién. ¡Qué torvo augur quiebra nuestro destino!. ¡Quién juega al marro con la ciudadanía de esta Euskal Herria que diluye su porvenir en codicias de vara y mando!.
El viejo jotero ya no canta en la taberna al atardecer y alguien, un taimado de lejano alcance, marca los pasos, acero y cristal, de este pueblo de mandiles.